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Foro de debate sobre ética y responsabilidad social en empresas y organizaciones

El jueves 24 de noviembre tuve oportunidad de ver “Mañana” (“Demain”) en el impagable ciclo de cine-foro que Economistas sin Fronteras organiza cada año. Un maravilloso documental de dos jóvenes directores franceses (Mélanie Laurent y Cyril Lion) financiado inicialmente con una campaña de micromecenazgo de gran éxito y que no quiere limitarse a reiterar el desastre integral hacia el que camina aceleradamente la humanidad por el cambio climático, sino que busca exponer semillas de solución: experiencias que ya se están poniendo en práctica con éxito y que, si se generalizaran con rapidez -porque el caos es inminente-, podrían alumbrar la senda de una alternativa viable.

Son experiencias muy diferentes: en la agricultura, en la industria, en la generación de energía, en el transporte, en el urbanismo, en la educación e incluso en el ámbito de la política y de la democracia participativa. Experiencias que los directores seleccionan de un viaje que, movidos por la angustia de las predicciones más solventes sobre lo que se nos avecina, emprenden por todo el mundo a la búsqueda de motivos de esperanza. Experiencias que muchos expertos avalan y que protagonizan personas, grupos informales, empresas, organizaciones, movimientos, ciudades e incluso países que han tomado conciencia de la catástrofe a la que conduce nuestra economía y nuestra forma de vida y que han tratado de demostrar en la práctica que hay otra forma de hacer las cosas. Otra forma que posibilita una vida más sostenible, más humana, más llena de sentido, más justa, más participativa y solidaria y que, además puede ser perfectamente viable en términos económicos. Una forma de hacer las cosas que podría extenderse y permitir un futuro mejor para el mundo (y sobre todo, un futuro) si se venciera la oposición de los intereses económicos dominantes, dispuestos numantinamente a seguir maximizando sus beneficios aún a costa de destruir la civilización.

Son, sin duda, cosas que muchas veces se han dicho. La virtud del arte es decirlas de forma que lleguen al corazón, que sensibilicen, que interpelen, que induzcan reacción. La película lo hace, además, manteniéndote sobrecogido, ilusionado y pegado a la butaca durante las casi dos horas de su duración. Prueba de que ha conseguido sus objetivos es no sólo la cifra de espectadores (absolutamente inusual en este tipo de producciones), sino que ha impulsado iniciativas cívicas que han encontrado en ella la inspiración. Sólo cabe recomendarla encarecidamente.

Para mí, desde luego, ha sido un pequeño soplo de esperanza en momentos en que casi todo lo que sucede en la actualidad social, política y económica parece negativo, ruin y triste. Y me ha recordado que algo sobre lo que había venido trabajando recientemente puede tener quizás más valor del que muchos le otorgan. Me refiero a determinadas prácticas económicas que se sitúan voluntariamente en los márgenes de la actividad económica convencional y que suelen considerarse inevitablemente marginales y casi despreciables en términos macroeconómicos. Pero que -como la película enseña en las iniciativas muy emparentadas que recoge- pueden tener una potencialidad mucho mayor que la que la Economía ortodoxa presupone. Me refiero a las actividades incluidas en la Economía Colaborativa, las Finanzas Éticas y la Economía Solidaria (o Social y Solidaria).

En los tres casos, se trata de actividades que surgen con la doble pretensión de ser sostenibles económicamente (e incluso rentables en algunos casos) y de contribuir a la solución o mitigación de problemas sociales. Desde luego, más claramente en los casos de las Finanzas Éticas y de la Economía Soldaria, en los que los objetivos sociales son los prioritarios, siendo los económicos un simple instrumento para la consecución de aquellos, y que buscan explícitamente contribuir a la construcción de una economía y una sociedad diferentes. Pero la motivación social y la capacidad transformadora también está presente en la Economía Colaborativa, por mucho que sea sensiblemente más vulnerable a la contaminación mercantil y a su utilización de forma descarnadamente economicista: en muchas de sus materializaciones priman otros valores y están muy presentes finalidades sociales (facilitar el acceso a bienes y servicios, generar espacios comunitarios de intercambio, fortalecer el tejido cívico, la cohesión social y los lazos sociales, combatir el consumismo y el derroche, fomentar pautas de intercambio no mercantiles y basadas en la reciprocidad y la cooperación, impulsar la sobriedad y el respeto ambiental...).

En los tres casos, son inciativas que tienen -desde luego, unas más que otras- una indudable voluntad transformadora, que surgen en el marco de una actitud decididamente crítica con el modo de vida dominante y que proponen una reconsideración del papel de la economía en el conjunto de la vida social, subordinando su lógica a la de otras consideraciones (entre otras, la sostenibilidad ambiental y la lucha contra el cambio climático) que deben ser las preferentes. Algo en lo que muchos observadores coinciden, si bien sigue primando ante ellas una actitud un tanto condescendiente: pueden ser positivas, claro, pero no dejan de ser actuaciones testimoniales, marginales, dudosamente viables fuera de determinados contextos, que no pueden plantearse a escala macro y que en nada pueden cambiar las tendencias dominantes.

Quizás el mayor mérito de la película comentada sea precisamente una llamada de atención sobre la miopía de esta actitud. Porque pese a ser ciertamente muy minoritarias, no son ya testimoniales, ni tampoco necesariamente inviables (el éxito de muchas y la sostenibilidad económica de muchas más lo muestra) y no es inevitable que no puedan ser escalables y generalizables a niveles mucho más amplios. Cuando menos, merecería la pena observar con más atención los datos disponibles (muy insuficientes, ciertamente). Ahí van algunos.

En cuanto a la Economía Colaborativa, las cifras más rigurosas que conozco son las de un reciente informe de PwC para la Unión Europea sobre cinco sectores (alojamiento, transporte, servicios para el hogar, servicios profesionales y finanzas): el conjunto de plataformas tecnológicas analizadas (275) generaron en 2015 unos ingresos de 3.600 millones de euros y un volumen de operaciones por valor de 28.100 millones. En base a los ritmos de crecimiento constatados, para 2025, PwC estima un volumen de ingresos en esos cinco sectores en la UE de nada menos que 335.000 millones. ¿Cifras simplemente testimoniales?

Por lo que respecta a las Finanzas Éticas (y sin tomar en consideración la inversión socialmente responsable convencional), las entidades dedicadas a las microfinanzas (datos de Mix Market) tenían en 2014 a nivel mundial una clientela de 101 millones de personas, unos préstamos vivos de 89.000 millones de dólares y unos activos de 116.000 millones. La inversión de impacto social, por su parte, alcanzaba en 2013 un volumen de 79.000 millones de euros (Global Suistainable Investment Review) y las entidades de banca ética agrupadas en FEBEA (Federación Europea de Banca Ética y Alternativa), 26 en 2015, tenían en ese año 240.000 depositantes y mantenían un volumen de créditos de 18.000 millones de euros y activos por valor de 30.500 millones. Otra agrupación de bancos éticos (la Global Alliance for Banking on Values), en la que coinciden algunos de la anterior, mantenía en el mismo año 24 millones de clientes y activos por valor de 110.000 millones de dólares. ¿También cifras testimoniales?

Finalmente, en el ámbito de la Economía Social y Solidaria los datos son (todavía) mucho más dispersos y escasos. Sí los hay para un colectivo que tiene con él muchos solapamientos (pero también diferencias): el cooperativismo, que a nivel mundial tiene más de 755.000 entidades, con más de 700 millones de asociados y más de 100 millones de empleados. En España, lo que se conoce legalmente como “Economía Social” abarca más de 43.000 entidades y genera más de 2.230.000 empleos directos e indirectos (datos de CEPES). Mucho más díficil es encontrar cifras fiables sobre la Economía Solidaria en sentido estricto (que tiene una dimensión mucho menor). REAS (Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria) alcanza en el conjunto de España en 2016 la cifra de 507 entidades, con más de 8.000 personas empleadas y más de 30.000 socias y voluntarias, con unos ingresos en 2014 de 355 millones de euros. Al margen de la indiscutible pequeña dimensión de este último colectivo, ¿son también cifras testimoniales las restantes?

Creo que en casi ninguno de los casos lo son: y mucho menos para el conjunto. Casi todas las actividades contempladas, además, muestran ritmos de crecimiento más que altos. Algo que posibilita pensar -como “Mañana” destaca brillantemente- que estamos ante una realidad que se expande callada pero rápidamente, que tiene más entidad de la que muchos piensan y, sobre todo, una enorme potencialidad. Una potencialidad que se materializaría plenamente sólo si la sociedad civil tomara conciencia de su necesidad y si las Administraciones Públicas y los organismos internacionales la apoyaran decididamente. Como este apoyo requeriría un paralelo freno a los intereses y al casi omnipotente poder de las grandes corporaciones, no es fácil -ni siquiera probable- que se produzca de forma significativa. Pero esto, simplemente, puede suponer -como “Mañana” advierte- que la humanidad desaprovechará una de las posibilidades más efectivas para sortear el terrible panorama al que se enfrenta.

(*) Artículo publicado previamente en Ágora.

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