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Europa, Europa.

Tenía 48 años; su sordera era casi absoluta, y casi total era su soledad. Esa sordera y sus desengaños amorosos y familiares le habían convertido en un ser huraño y misántropo. Sin embargo, en el fondo de su ser anhelaba otro mundo mejor. “la libertad, sobre todas las cosas, hacer todo el bien posible y, aun cuando fuera por un trono, nunca traicionar la verdad”.  Encerrado en sí mismo, resonaba en su cabeza una música que, como escribió Bruno Walter, “le  absorbía en las profundidades  y en los abismos de su propio ser”. Esa música  rompía   con los esquemas ortodoxos de la creación musical.  Las formas tradicionales de la Sinfonía, la sonata, o incluso  la  música religiosa,  diferían de la música  que en su  cabeza resonaba, y que una vez alumbrada supondría una  verdadera revolución y llegaría a erigirse en patrimonio de la humanidad.

Transcurridos dos siglos de esas últimas composiciones del genio Bonn, Ludwig van Beethoven, sus últimos cuarteros para cuerda, sus últimas sonatas para piano, la Novena Sinfonía, la Misa Solemnis, son para quien las descubre, de manera casual, llevado por el instinto, la curiosidad, o aconsejado por un corazón hermano, más allá de “música”, la expresión viva  de  los sentimientos, del dolor y del   miedo, así como de los anhelos y  esperanzas,   inherentes a toda vida humana.

Entre esos anhelos y esperanzas, de los que nos habla sin palabras la última música escrita por Beethoven, por encima de todos, se alzan el anhelo de libertad y la esperanza de la hermandad universal entre todos los seres humanos.

Justamente el paradigma de esa música esperanzadora lo representa el “Himno a la Alegría” con que termina la 9ª sinfonía,  respecto de la  cual, Leonard Bernstein se expresaba en los siguientes términos: “ No ha habido un compositor que hable tan directamente a tantas personas; a los jóvenes, a los viejos, a los cultos, a los ignorantes, aficionados, profesionales, sofisticados, ingenuos. Y para todas estas personas de todas las clases, nacionalidades y razas, esta música habla de una universalidad de pensamiento, de la hermandad humana, la libertad y el amor”.

Y en relación a la  Oda a la Alegría de Schiller, que Beethoven introdujo en ese último movimiento de la 9ª sinfonía,  añadía  Bernstein:   “ La música va mucho más allá del poema, le da mayor dimensión, vitalidad, y destellos artísticos”, y refiriéndose a la  estrofa  del poema: “Todos los hombres se vuelven hermanos”. “Sean abrazados millones”. “Mundo. ¿Puedes percibir a tu creador?”: “la música triunfa incluso en aquellas personas a quienes la religión les ha fallado, porque inspira  un espíritu de divinidad, de sublimidad, de la manera más libre y menos doctrinaria que era típica de Beethoven. Tiene una pureza, una franqueza, que nunca se vuelve banal.”

Escuchando estas reflexiones de Bernstein entendemos  por qué el “Himno a la alegría”, adaptado por Herbert  Von karajan en 1972, fue adoptado como himno de la Unión Europea y es,  junto con el lema “unidos en la diversidad” y la bandera que todos conocemos, formada por 12 estrellas amarillas, dispuestas en círculo sobre fondo azul,  representando los ideales de unidad, solidaridad y armonía entre los pueblos de Europa, uno de los  símbolos de la Unión.

 Tristemente hoy, los ideales que representan esos símbolos  y  que fueron los  que inspiraron  a los padres fundadores de la UE, están en peligro, y son puestos en  entredicho por políticos, la mayor parte de ellos nacidos bajo el paraguas de la Europa  que, impulsada por  esos ideales y su desarrollo normativo, ha vivido el periodo de mayor  prosperidad y paz conocido en su historia: Nigel Farage, principal precursor del Brexit nacido en 1964; Matteo Salvini, vicepresidente y ministro del interior de Italia, nacido en 1973; Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, nacido  en 1963; Heinz-Christian Strache, vicecanciller de Austria, nacido  en 1969, Jussi Halla-aho, líder del Partido Finlandés, nacido en 1971; Jimmie Åkesson líder del partido nacionalista Demócratas de Suecia, nacido en 1979,  o Marine Le Pen, presidenta de Agrupación Nacional (antiguo Frente  nacional), nacida en 1968, o Santiago Abascal, Presidente de Vox, nacido en 1976.

Ninguno de los citados, conoció, a diferencia de aquéllos que hicieron posible el sueño de una Europa mejor, las oscuridades en que se vio envuelta Europa durante la primera mitad del siglo XX.

 

 Si las conoció  el británico Winston Churchill, antiguo oficial del ejército, corresponsal de guerra y Primer Ministro británico (de 1940 a 1945 y de 1951 a 1955) que,  tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, estaba convencido de que solamente una Europa unida podría garantizar la paz; fijándose como objetivo  eliminar de una vez por todas las lacras europeas del nacionalismo y el belicismo.

Fue precisamente Churchill,  premio nobel de literatura 1953, en su famoso «Discurso para la juventud académica», pronunciado en la Universidad de Zúrich en 1946, quien proclamó: “Existe un remedio que... en pocos años podría hacer a toda Europa… libre y... feliz. Consiste en volver a crear la familia europea, o al menos la parte de ella que podamos, y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad. Debemos construir una especie de Estados Unidos de Europa.”

 También - entre otros padres fundadores de la Unión-  el italiano Alcide de Gasperi, que  estuvo encarcelado entre 1927 y 1929, años antes de llegar  a ser  Primer Ministro y Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Italia, propugnó activamente, tras experimentar  el fascismo y la guerra, la unidad europea, desde  el convencimiento de que únicamente una unión de Europa podría evitar que se repitieran.

Pongo estos dos ejemplos porque hoy, Gran Bretaña pretende su salida de la U.E., e Italia está gobernada por Salvini, personaje siniestro y anti-europeísta, qué junto con los otros líderes europeos, antes citados, pretenden dinamitar los cimientos de la U.E. y resolver los problemas de Europa desde el enaltecimiento de los sentimientos nacionalistas, el proteccionismo económico y el desprecio de “la diversidad” de origen, sexual, religiosa, o ideológica; denostando de facto que la  “unión en la diversidad”, sea uno de los símbolos de la U.E. y representación de los  valores consagrados en los Tratados de la U.E.: La dignidad humana, la libertad,  la democracia, la igualdad, Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos.

En el preámbulo de La Carta de los Derechos Fundamentales de la UE, (http://www.europarl.europa.eu/charter/pdf/text_es.pdf),   se reafirman esos  derechos reconocidos tanto por las tradiciones constitucionales y las obligaciones internacionales comunes de los Estados miembros,  como por el Tratado de la Unión Europea y los Tratados comunitarios, el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales, las Cartas Sociales adoptadas por la Comunidad y por el Consejo de Europa,  e interpretados y aplicados por la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Y esos derechos no son algo solamente aplicable a los nacionales de los países integrados en la Unión, ni su aplicación y desarrollo algo exigible exclusivamente por los ciudadanos europeos, sino que su disfrute “origina responsabilidades y deberes tanto respecto de la comunidad humana y de las futuras generaciones”.

 Se acercan las elecciones europeas, convendrá por tanto escuchar la música de Beethoven, y con esa música de fondo repasar la historia de la UE y lo que manifestaban sus padres fundadores (https://europa.eu/european-union/about-eu/history/founding-fathers_es). Los partidos que defienden, sin complejos, esos derechos fundamentales y el desarrollo normativo y jurisprudencial de los mismos,  deberán hacer un trabajo de difusión de los valores que alentaron su protección y desarrollo  y aunar esfuerzos para diferenciar nítidamente sus propuestas de las de  aquéllos que quieren disolver la unión; mediante la “reformulación” de los principios y valores que llevaron a los padres fundadores a construir un espacio común que nos alejase de los demonios que asolaron  Europa en la primera mitad del siglo XX.

Los logros alcanzados deben reforzar nuestra esperanza. Como decía Bernstein hablando de la música de Beethoven. “Su música nos  habla  de esperanza en el futuro y de inmortalidad. Por esa razón es por la que amamos su música, ahora más que nunca. En esta época de agonía, desolación e impotencia,  amamos su música y la necesitamos, y a pesar de lo desolados que nos encontremos no podemos escuchar su novena sinfonía sin salir de ahí, cambiados, enriquecidos, alentados”.

Luis Suárez Mariño

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