Comunidad ÉTNOR

Foro de debate sobre ética y responsabilidad social en empresas y organizaciones

 

 

¿Cuánta gente pasada la cincuentena desearía hoy, si fuera posible, la jubilación anticipada? ¿Cuánta gente vive con la inquietud de pensar "así no quiero seguir trabajando, pero ahora no puedo cambiar"? ¿Cuánta gente se pregunta si valen la pena todos los esfuerzos que está haciendo y que nadie le valora ni agradece, sueldo aparte? Cada vez más, cuando la gente reflexiona sobre su situación y sus retos profesionales, emergen cuestiones de carácter eminentemente personal. Se puede pensar que este tipo de cuestiones son privadas, y que no deben afectar a la vida pública y profesional, que no tienen nada que ver con el desarrollo de las organizaciones. Si no confundimos "privadas" con "personales", nosotros pensamos exactamente lo contrario. Son cuestiones personales, pero en absoluto irrelevantes para las organizaciones, la sociedad y el mundo.

Nuestra intuición es que en las profundidades de nuestra vida organizativa y social está fraguando la ebullición de una energía que aún no sabemos cómo emergerá ni cómo se canalizará, y a la que aún no prestamos atención porque no ha salido claramente a la superficie. Pero lo hará. En las entrañas de las empresas y las organizaciones hay un rumor sordo: cada vez hay más personas que no están dispuestas a aceptar que su desarrollo profesional comporte renunciar a vivir con una mínima sintonía con lo que considera realmente importante y valioso. El hecho de que a menudo se tenga que adaptar para sobrevivir, sumado a que de estas cosas todavía no sabemos muy bien cómo hablar, hace que le demos menos importancia de la que tiene. Pero lo vislumbramos, por ejemplo, en tantos profesionales que en un momento determinado de su vida dan un giro inesperado a su carrera. De manera tal vez lenta, pero ciertamente imparable, aumenta el número de personas que consideran que su vida no debe estar condenada a la esquizofrenia de creer que vivir con una mínima autenticidad sea incompatible con su vida profesional, o que lo tenga que llevar a cabo como si fuera una actividad clandestina o de su tiempo libre. La vida profesional a menudo es vivida como dar vueltas a la noria sin encontrarle sentido o como una carrera frenética –y a menudo despiadada- para alcanzar la cima... pero no hay nada peor que escalar hasta un punto muy elevado y descubrir que uno se se ha equivocado de montaña, o que no ha perdido el camino pero que se ha perdido a sí mismo haciendo el camino.

Las organizaciones no pueden seguir instaladas en la ceguera de creer que pueden aspirar a conseguir el compromiso de sus profesionales olvidándose de la persona que este profesional es. Los profesionales no pueden seguir instalados en la ceguera de creer que no les queda más remedio que ofrecer todo tipo de sacrificios personales en el altar de su carrera profesional, posponiendo para no se sabe cuando el reencuentro con sí mismos. Quizás cuando lo pretendan, si antes no se han visto obligados a renunciar a cualquier intento, se encontrarán con que su vida no es más que una carcasa donde sólo resuena -con mucha fuerza, eso sí- el eco vacío de su propia voz.

Esto planteará muchos retos a las organizaciones, estamos convencidos de ello. Pero también a las escuelas de negocios, que deberán comenzar a cuestionarse hasta qué punto, además de formar directivos, forman simultáneamente también grandes egos -e incluso grandes ególatras- que a veces llevan a sus trabajadores o a sus entornos sociales a un viaje -por decirlo con el título de un libro memorable- al corazón de las tinieblas.

Esta demanda de las personas de una mayor integración y de una mayor integridad, también a través de su vida profesional, será cada vez mayor: cada vez habrá más gente que no querrá vivir para siempre recluida en el vicioso y adictivo círculo dorado del binomio trabajo-consumo. El deseo de vivir la vida profesional de manera personalmente más integrada, y de vivir profesionalmente con más integridad, ha estado siempre presente en mucha gente, también en muchos directivos. Gente que lo ha logrado sin hacer exhibición de ello ni pretender sacarle provecho. Pero muy a menudo se ha considerado que la existencia de profesionales que eran a la vez personas íntegras e integradas era el resultado de circunstancias personales o azarosas en las que nadie tenía que inmiscuirse. Y el mismo criterio se aplicaba a los sinvergüenzas, claro está. Ahora cada vez tenemos más claro que este es un mal criterio, que determinadas formas de ser y de hacer no son sólo un empobrecimiento humano, sino un riesgo para la viabilidad de la sociedad y la supervivencia de las organizaciones.

Necesitamos profesionales y organizaciones excelentes, sin duda. Pero tenemos que facilitar el debate público sobre cómo entendemos la excelencia y el éxito, sobre cuáles son los fundamentos humanos que los hacen aceptables y plausibles.

www.josepmlozano.cat

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