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Foro de debate sobre ética y responsabilidad social en empresas y organizaciones

     La tradición filosófica occidental viene a clasificar la filosofía moral en Éticas de la felicidad y Éticas de la justicia. Esta dualidad no cabe en el planteamiento de la Cordialidad pública.
     Desde la Grecia de Homero, la reflexión moral se expresa a través de términos como “bien”, “obligación”, “valor” o “virtud”, que son el reflejo de la manera de pensar y vivir de los siglos VIII y VII a.c.
     Desde entonces, se ha ido forjando el pensamiento de Occidente. Con Sócrates, considerado el fundador de la ética occidental, se plantean por primera vez interrogantes y métodos para construir una reflexión sobre el hombre y su realización en sociedad. Es la democracia del siglo V a.c. el contexto que propicia que se piense en la vida pública, donde se enfrentan los filósofos y los sofistas en un duelo que ha recorrido la Historia y que continúa en la actualidad.
     Hoy, como en la antigua Grecia, son indispensables la educación –paideia- y la oratoria –elocuencia- para triunfar. Y a día de hoy, como en aquella época, los ciudadanos necesitamos respuestas elaboradas entre todos, pues los problemas siguen siendo los mismos –el sentido de la vida, el amor, la amistad, el poder, los negocios, la educación, la justicia, el paso del tiempo, la muerte- aunque las costumbres individuales y sociales requieren respuestas adecuadas a las  circunstancias históricas.
     Sin embargo, la enseñanza de la filosofía, seguramente por razones pedagógicas, ha etiquetado tradicionalmente a cada corriente filosófica en uno de estos dos compartimentos: Ética de la felicidad o Ética de la justicia. Algo impensable desde la Cordialidad pública, cuyo horizonte esvivir feliz en sociedad y resolver los conflictos a través de la justicia.
     Esta doble clasificación en Éticas de la felicidad y Éticas de la justicia sitúa el pensamiento Occidental en una u otra perspectiva.
     Desde la perspectiva de las Éticas de la felicidad estaríamos hablando, por citar a algunos autores, de Aristóteles, Diógenes, Zenón de Citio, Séneca, Epicuro o John Stuart Mill.
     Desde la perspectiva de las Éticas de la justicia hablamos de filósofos como Inmanuel Kant, Max Scheler, Karl Otto Apel, Jurgen Habermas o John Rawls.
     La posición filosófica de la Cordialidad pública no entiende esta separación taxativa entre la felicidad y la justicia en la vida de un hombre, ya que la Cordialidad humaniza al ser humano en su doble dimensión, individual o privada (felicidad) y social o pública (justicia).
     Por eso, y porque es tan importante en una democracia el ejercicio de elaboración de las leyes, la Cordialidad pública invita a legislar pensando simultáneamente en la felicidad individual y en la justicia social.
     Si una de las dos dimensiones del ser humano, la privada o la pública, se erosiona por cualquier circunstancia, el hombre se debate en un mar bravío que le puede conducir a la deriva. Ese es el momento de superar el conflicto, que debería poder resolverse sin ningún tipo de violencia ni hacia uno mismo ni hacia los demás. Cuando uno lo decide o cuando la situación es extrema, evidentemente hay que acudir a los Tribunales para pedir justicia. Si las leyes no han contemplado previamente que debajo de la letra hay un ser cordial el juez o magistrado dictará una sentencia justa, pero no resolverá el conflicto humano en su totalidad.
     ¿Cuántas veces hemos visto a través de los medios de comunicación imágenes de personas o familias destrozadas aún con la sentencia en la mano? Y no me refiero al daño psicológico, que por supuesto hay que reparar. Existe un dolor más profundo, el desconsuelo moral, el que afecta a la dignidad, que parece ser el gran olvidado por la ley si recordamos esas imágenes.

     Por tanto, parece que es necesario revisar nuestra manera de legislar y nuestra forma de atender a los implicados en una sentencia, porque estamos dejando de resolver los conflictos en su totalidad y eso es no solucionar. ¿Cómo vamos a hablar de “resolución” si, en verdad, no damos solución al conflicto?

     A lo largo de la historia del pensamiento y del derecho, son muchos los autores que se han planteado las relaciones entre la ética y el derecho. Personalmente, la lectura que más profundamente me ha cautivado es la de una pequeña obra escrita por Leopoldo Alas “Clarín”, titulada El derecho y la moralidad, que fue precisamente su tesis doctoral, con la que obtuvo el título de doctor en Derecho civil y canónico. Desde entonces, además de admirar las enseñanzas morales de la novela y el cuento de este “provinciano universal”, la reflexión sobre ambas cuestiones no ha dejado de acompañarme.
     Esta obra de Leopoldo Alas “Clarín”, El derecho y la moralidad, pequeña en tamaño pero enorme en profundidad, es oportuna para plantear que el ser humano intenta orientar su acción mediante saberes normativos, como son el derecho, la filosofía moral y la religión. A pesar de sus diferencias, los tres son necesarios y complementarios para ordenar el comportamiento individual y social.
     Es verdad que además de ocuparse de dar normas, la filosofía moral y la religión se preocupan por conocer qué hace felices a los seres humanos, algo que no es tarea del derecho. Por esta razón, la Cordialidad pública pretende ser una reflexión sobre nuestra manera de organizar el conocimiento y sus consecuencias, una llamada a la conciencia de los hombres y mujeres que se dedican a legislar para el bien común.
     He llegado a esta conclusión con la confianza en que alguien, si no es de esta generación será de tres o cuatro generaciones en adelante, leerá este libro y pensará que la Cordialidad puede ser el camino para humanizarnos y humanizar nuestro mundo.
            

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