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LA SONRISA DE VICENTE: UN RECUERDO PERSONAL CON OCASIÓN DE LA MUERTE DE VICENTE RUIZ MONRABAL

Ayer 8 de septiembre de 2011 falleció Vicente Ruiz Monrabal, y como durante toda su vida -incluida la política- supo manter su coherencia ética, quiero recordarle en este foro.

 

Escribo desde mis 47 años pero los recuerdos que se agolpan en mi mente son los de un niño de siete u ocho años que estudiaba en Sedaví. Un zagal flaco, algo despeinado y con unos pantalones muy cortos que en 1971 correteaba por el patio del colegio público Fernando Baixauli de Sedaví. Mi madre era maestra de cien párvulos en ese colegio (¡cien, que se dice pronto!), uno de los cuales era el hijo mayor de Vicente. Un rasgo característico de Ruiz Monrabal es que, a pesar de ser un hombre profundamente creyente, siempre se empecinó para  que sus hijos estudiasen en la escuela pública, aunque –como fue el caso- ello le supusiera una masificación hoy impensable y el hecho de que su hijo (como muchos otros) tuviese que asistir a clase llevando su propia sillita. No hace tantos años, pero era otra España. La amistad de Vicente y mi madre, se forjó en esa época y en aquel colegio pues no hay que olvidar que los vínculos entre un maestro vocacional y un padre responsable son muy estrechos y perduran con el tiempo…

 

Sigo recordando. 1971. Sedaví. Pongamos que ha terminado la “chocolatá” en el polideportivo contiguo a la escuela. Mi maestra, que era también mi madre, le cuenta a Vicente como ha pasado el día su pequeño hijo y allí, cogido a la mano de mi madre, entre olor a churros, a chocolate caliente y a serrín puedo ver nítidamente la sonrisa de Vicente. A mí, en aquella época, me parecía un hombre imponente. Entonces era de complexión recia, de mirada clara, afable e inteligente y físicamente – ahora que repaso viejas fotos- lo encuentro muy parecido al genial actor Brian Dennehy.

 

Vicente Ruiz Monrabal fue siempre muy querido en mi casa. La vinculación de mi madre a Sedaví en esa época hizo que durante muchos años Vicente fuera casi parte de la familia. Vicente sintonizó muy bien con el carácter abierto y vitalista de mi madre, con quien mantuvo amistad toda su vida. Nunca, ni siquiera en su etapa política más ajetreada, dejó de perder el contacto con sus viejos amigos. El poder no le distancio de sus amistades, ni de su pueblo. Siempre fue un apasionado de Sedaví. Otro factor que da la talla moral de Vicente.

 

En lo personal era muy fácil quererlo y en sus diferentes facetas profesionales era imposible no admirarlo y respetarlo. Recuerdo haber seguido -siendo yo todavía casi un niño- su trayectoria política primero en UDPV y más tarde en la UCD. Los niños de entonces, que habíamos nacido en la dictadura, seguíamos con sumo interés los primeros avatares políticos. En ese sentido Vicente Ruiz Monrabal nos enseño –sin saberlo- a aquellos impúberes de entonces unas maneras políticas de tolerancia, mesura y dialogo que ya quisieran muchos políticos de hoy. Bien es cierto que aquel “ethós” o modo de ser no fue exclusivamente suyo –todos añoramos ciertas grandes figuras de la transición- pero no hay duda de que su bagaje de demócrata cristiano impregnó siempre su conducta de humanismo, cultura y coherencia ética. Hay que recordar aquellos turbulentos tiempos para darse cuenta de que mantener la calma y las formas no era tan sencillo. Ocupó un escaño de la UCD en el Congreso de los Diputados por Valencia entre 1979 y 1982 y vivió desde el parlamento el fallido golpe de estado de Tejero (a punto estuvo de vivirlo también mi madre, a quien Vicente había invitado a asistir a la investidura de Calvo Sotelo). En 1982 se retiró de la vida política para dedicarse de lleno al ejercicio de la abogacía, la escritura y la música. Salió de la política algo desengañado, pero su extremo vitalismo enseguida le centró en otras actividades igualmente nobles y hermosas: la historia valenciana y las crónicas de Sedaví, su amado pueblo natal; la música… Vicente no podía estarse quieto.

 

No voy a escribir más sobre su faceta pública, pues estos días los medios de comunicación autonómicos y nacionales están recordándola con justo y merecido cariño. Quiero sin embargo rememorar su faceta humana como amante de sus hijos y de su familia. Un día de octubre de 1978 lloró la prematura muerte de su primera esposa con la misma amargura que hoy lo están llorando Fina (con quien se casó tras años de viudedad), sus hijos Vicente y Amparo, sus parientes y sus numerosos y buenos amigos.

 

Con Vicente Ruiz Monrabal desaparece no solo un padre, un esposo o un amigo, sino también un hombre bueno, una persona culta y una sonrisa sincera en un mundo que cada día está más falto de todo ello. Un orgullo para Valencia y un privilegio haberle conocido. Somos muchos los que no le olvidaremos. Descanse en paz.

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