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Foro de debate sobre ética y responsabilidad social en empresas y organizaciones

LA PROFESIONALIDAD Y FORMACIÓN COMO IMPERATIVO MORAL EN LAS ORGANIZACIONES HUMANITARIAS

Existe la creencia bastante extendida de que una ONG es una institución solidaria sin ánimo de lucro, integrada por un grupo de personas, más o menos idealistas; más o menos generosas, que aúnan esfuerzos e ilusiones para potenciar una causa al servicio de una determinada comunidad.

Esfuerzo, solidaridad, idealismo e ilusión son ingredientes necesarios pero no suficientes para gestionar adecuadamente los proyectos humanitarios de hoy en día. Se tiende a pensar que la ausencia de ánimo de lucro (siendo el lucro el objetivo primordial y legítimo de la empresa privada; aunque no el único en aquellas que asumen su Responsabilidad Social) supone una merma de profesionalidad en las ONGs; y eso no es cierto. Una ONG humanitaria como ACCIÓN CONTRA EL HAMBRE, a la que estoy vinculado desde hace más de una década, trabaja con personas muy vulnerables que sufren las consecuencias de los conflictos y las catástrofes. En estos casos hacer mejor o peor nuestro trabajo tiene un impacto directo en la calidad de vida (y si se apura, hasta en la propia vida) de esas personas. La profesionalización (y eso incluye una adecuada formación), por lo tanto, no es una opción sino un imperativo moral.

Por situar las cosas en su contexto, en la actualidad una organización humanitaria de carácter internacional como Acción contra el Hambre emplea directamente a más de 5.000 trabajadores en 40 países. No es una cifra baladí. Gestionar eficazmente a esos miles de trabajadores, dispersos en tantos países y conseguir que los proyectos humanitarios se ejecuten correctamente, con transparencia, dentro de los plazos previstos y en el marco presupuestario aprobado exige algo más que buenas intenciones. La transparencia que algunas ONGs consagramos en nuestras cartas de principios y códigos éticos supone rendir cuentas periódicamente a la sociedad (auditorias externas e internas, certificaciones). Nadie cuestiona que una mala gestión, una falta de profesionalidad, deslegitima inmediatamente a quienes incurren en ella. Profesionalidad y formación, por tanto, suelen ir de la mano. Una organizacion humanitaria, además, no "produce", no fabrica, no tiene nada más que su reputación fundada en su buen hacer y en la confianza que sea capaz de transmitir al resto de la sociedad.

Quien, como en mi caso, haya desarrollado su carrera profesional tanto en la empresa como en la ONG encontrará muchas similitudes en los procesos y técnicas de gestión; salvando el fin social y la ausencia de ánimo de lucro en las ONG. A pesar de esas similitudes, las ONG se enfrentan a complejidades añadidas en el desempeño de sus proyectos, lo que hace que la formación especializada y de calidad resulte casi ineludible. De nuevo el imperativo moral. Muchas organizaciones humanitarias actúan en contextos culturales muy distintos a los de su país de origen, cuentan con profesionales de diversas nacionalidades que trabajan en un mismo proyecto, operan en entornos sociopolíticos extremadamente complejos o abiertamente conflictivos (guerras, revoluciones, ...), tienen detectadas debilidades formativas del personal contratado localmente (en ocasiones con un bagaje formativo muy pobre, pues nunca tuvieron acceso a una educación reglada), cuentan con escasos o inexistentes recursos de toda índole (humanos, financieros, etc.); y a todo ello hay que añadir las dificultades logísticas que lastran el trabajo diario (ausencia de transportes y carreteras, de sistemas fiables de telecomunicaciones, inseguridad física y jurídica, etc. ...). Como dato anecdótico baste decir que si la ONG en la que trabajo fuéra una empresa exportadora de azulejos (por nombrar un sector importante de nuestra economia al que estuve unido muchos años) la mayoría de países en los que intervenimos no obtendría cobertura alguna de seguro de cobro por considerarse el riesgo-país muy alto.

Es en ese entorno turbulento en dónde algunas ONG debemos actuar con la más estricta profesionalidad y rigor y para ello nada mejor que la formación y el reciclaje de nuestros trabajadores.

Pero la formación no solamente es una inversión orientada al mejor desempeño laboral de los trabajadores de la ONG; sino también una herramienta de capacitación de los numerosos trabajadores locales que participan en los proyectos humanitarios de las ONG (en el caso de Acción contra el Hambre, más del 85% de sus contratados son trabajadores locales). El objetivo último de esa formación es, por tanto, que sean las propias comunidades las que gestionen los proyectos de los que ellas mismas se beneficiaran. La formación pone a su disposición nuevos recursos (TIC, e-learning, ...), técnicas (marketing, diagnóstico de necesidades, logística, ...) o habilidades directivas (gestión del tiempo, negociación, liderazgo, ...) para que sean adaptados a su específico contexto. Esa adaptación facilita lo que se conoce como “aprendizaje cooperativo” o, dicho en otras palabras, el intercambio de conocimientos y técnicas entre formadores y formados, de tal manera que ambos grupos terminen el ciclo formativo sabiendo más que al inicio. Sócrates denominaba “mayéutica” a la facultad del profesor para extraer del interior del alumno lo que éste ya sabía.

En estas circunstancias la formación es una clara inversión en el desarrollo socioeconómico de los países y por lo tanto una responsabilidad social más de las ONG que saben invertir en ella y de las empresas e instituciones que nos apoyan.

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