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“El mito de Pigmalión y la posverdad”.

 

 “La tierra ha de sufrir todavía mucho, pero lograremos nuestro objetivo, llegaremos a ser Césares y entonces pensaremos en la felicidad universal” El Gran Inquisidor (Dostoievski)

 

Más allá de lo que ocurre en la mente de ciertas personas afectadas por enfermedades psíquicas, como ya  concluyera el sociólogo estadounidense  W.I. Thomas  en los años veinte del pasado siglo,  "las impresiones subjetivas se proyectan  en la realidad de tal modo que llegan a ser verdaderas para quienes las proyectan".

 

Si esto ya era así antes de que la publicidad contase con medios tan poderosos como la televisión;  hoy en día resulta casi imposible escapar a la tesis  de Thomas pues, convendremos que la finalidad de la publicidad resulta ser precisamente la  generación de  impresiones subjetivas  tan reales que incitan el deseo compulsivo de adquirir todo aquello que con ellas se nos ofrece: la juventud, la belleza, la libertad, el reconocimiento social etc.

 

Estudios de psicología-social y  neurociencia han  demostrado que las decisiones de los consumidores se basan en sensaciones subjetivas, y estas sensaciones son las que activan el sistema de  recompensas de nuestro cerebro. Son las neuronas espejo las que, activando nuestra mente,   hacen que sintamos identificación con lo que quieren  transmitir las  imágenes,  y nos incitan   a pensar “yo podría verme así“.

 

Si al contante goteo de  la publicidad  sobre nuestros cerebros unimos la ingente y, en ocasiones, poco contrastada  información a la que estamos expuestos - no solo proveniente de múltiples  medios de comunicación que para sobrevivir necesitan contar con esa misma publicidad sino, hoy también, proveniente de cualquier individuo que con conexión a la red tiene en su  mano el poder de transmitir en tiempo real, bajo su propio nombre u otro de ficción,  cualquier tipo de información, manipulando, cercenando y modelando a conveniencia la realidad  a sabiendas (las cada vez más frecuentes fake news)-  convendremos, que la publicidad, como medio de figuración de una realidad idílica que determina nuestra conducta, y la   información dirigida o filtrada, según intereses de uno u otro tipo que distorsionan el  “mundo real” y lo   reemplazan por el  mundo simulado   que percibimos,  son elementos novedosos en la historia de la humanidad, que nos apartan de la realidad misma haciéndonos de una manera casi imperceptible menos libres.

 

Si este fenómeno comenzó a  hacerse perceptible en el siglo XX y dio un paso de gigante  con  internet,  otro  paso más, en la construcción de ese mundo ficticio, lo han dado las nuevas tecnologías que,  ya sin ambages, nos ofrecen el disfrute de  un mundo virtual “perfecto” y “fantástico”, tendente  a sustituir –sin disimulo alguno- con increíble sensación de realidad al mundo “realmente” real; como le ocurriera a  Pigmalión que, en busca de la mujer perfecta, se enamoró de una estatua, tan bella, que acabó, por obra de Afrodita, cobrando vida y haciéndose real.

 

Ese mundo irreal en el que resulta tentador caer, y muchos caen compulsivamente, se asemeja al que las drogas ofrecen al  drogadicto como medio de evasión  de la realidad que le incomoda, y tiene –como le ocurre a aquél-  el peligro de acabar sometiendo al que  se entrega a él;  pues,  con esa entrega se pierde la propia y singular personalidad, la propia  familia, los   amigos, así como los placeres y  también los sinsabores,  más naturales y humanos.

 

Al final el ser humano se transforma en un autómata sin libertad, sin experiencias reales,  sin dolor, sufrimiento e historia. Un ser humano parecido al que vaticinara Aldous Huxley en “Un mundo feliz” (1932), dominado por la publicidad, la propaganda y la búsqueda del placer sensorial  sin límite.

 

Cómo el mismo Huxley advirtiera,  un cuarto de siglo después de publicar la famosa novela, en una serie de artículos publicados en la revista “Newsday” y  recogidos  en otro libro “Nueva visita a un mundo feliz” (1958), muchas de las  premoniciones que en la novela  se planteaban ya  se estaban convirtiendo, en realidad antes de lo que había previsto el propio escritor.

 

En  ese imprescindible libro, Huxley expone que la prensa libre - que había previsto respecto de la propaganda tan solo dos posibilidades: Que la propaganda pudiera  ser cierta o falsa-  había obviado  “lo que en realidad había  sucedido, sobre todo en nuestras democracias capitalistas occidentales: el desarrollo de una vasta industria de comunicaciones en masa, interesada principalmente, no en lo cierto ni en lo falso, sino en lo irreal, en lo más o menos totalmente fuera de lugar. En pocas palabras, no tuvieron en cuenta el casi infinito apetito de distracciones que tiene el hombre”.

 

Mientras que “En un Mundo Feliz”, se utilizaban deliberadamente “distracciones ininterrumpidas” con objeto de impedir que la gente dedicase su atención a la realidad que le circundaba, en el ensayo posterior  Huxley ya describe - pensemos de nuevo el año en que lo hace, nada menos que en 1958-  una sociedad en la que “la mayoría pasa la mayor parte de su tiempo, no aquí y ahora ni en un futuro previsible, sino en otro sitio, en otros mundos” (hoy concretaríamos en los mundos de las redes sociales, los juegos de ordenador y las experiencias virtuales de muy diverso tipo,) , con la consecuencia de que  ese vivir “ajenos” a  la realidad implicará -concluye el escritor inglés- que  “el hombre tenga  dificultades para hacer frente a las intrusiones de los dispuestos a manipularla y dominarla.”

 

Hoy podemos confirmar la tesis de Huxley, así como  que la  manipulación y dominación – como el previno- no son  ejercidas  solo por compañías comerciales sino que lo son  también, y cada vez más, por  partidos políticos que “recurren  –en palabras del genial escritor - a las debilidades de los votantes, nunca a su fuerza potencial”, y que lejos de “intentar educar a las masas y capacitarlas para que se gobiernen a si mismas, se contentan con manipularlas y explotarlas y para este fin movilizan y ponen  en acción los recursos de la psicología y de las ciencias sociales”.

 

Cómo afirmó Huxley, en una famosa entrevista realizada por Mike Wallace  en el año de publicación de “Nueva visita a un mundo feliz”: “las dictaduras del futuro lo serán   valiéndose del consentimiento de los dominados,  en parte por nuevas técnicas de propaganda, evitando el lado racional del hombre y apelando a su subconsciente, sus emociones más profundas y su fisiología”.

 

El ejercicio de la libertad, exige sacrificios. Los que vivieron en dictaduras políticas de uno u otro signo, conocen su coste. Hoy el cercenamiento de nuestra   libertad está siendo  ejercido de manera más sutil y -quizás por eso- el peligro de caer en las redes de la manipulación y de una visión acrítica del mundo es  más grande. Frente a lo que continuamente nos propone la sociedad de consumo: un placer aparente que todo lo llena, y una información enlatada sin contrarréplica, solo puede vencer como contrapartida  el estudio, la lectura y el cultivo propio,   la búsqueda del silencio, la reflexión, la conversación y el trato personal con nuestros semejantes. Quizás así podremos reencontrarnos con el mundo real que,  aunque imperfecto, resulta sin duda más fantástico, que  el virtual y ficticio que nos ofrece la posverdad.

 

Luis Suárez Mariño

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